sábado, 9 de marzo de 2013

EPÍLOGO




Cada vez que acudía a un sepelio, cada vez con más frecuencia, se decía que él querría ser enterrado en un día gris, ventoso y lleno de agua.

Acababa de enterrar a su amigo.  

A las cuatro de la tarde, un sol de principios de abril preñaba de sombras las lápidas entre espacios muertos. Repasó, uno a uno, esos rostros dolientes que se protegían del sol ocultando la pena tras unas exageradas gafas oscuras. Era una de las razones por las que deseaba un día oscuro y húmedo, uno de esos días en los que el sol no pudiera ser una excusa ni la tristeza una belleza comprometida.

Ahora que sabía que él descansaba en paz, abandonó el cementerio con paso quedo. No recordaba si eran amigos desde que, tres años antes de fallecer, entró en su vieja librería, con una nota y decenas de títulos que necesitaba encontrar primero, leer después y estudiar más tarde, o desde que, a los pocos días, coincidieron en el bar Gran Vía tomando café. Se reconocieron de inmediato y acabaron conversando sobre novelas, autores y la universalidad de las letras. Su único cliente convergió en su único amigo. Ya casi nadie hacía sonar el timbre de la tienda; algún turista despistado, quizá, necesitado de una guía de la ciudad de Granada, o algún japonés solícito  que inmortalizaba con una cámara de fotos, más grande que él, la placa de comercio centenario que decoraba la fachada, o aquellos amantes que se guarecían de la lluvia llenando de besos y envidia aquel almacén de historias.

Había recorrido pocos metros cuando alguien se ofreció a llevarle en coche hasta su casa. Declinó la oferta porque no le gustaba andarse con desconocidos, por mucho que estos fueran familiares del difunto y conocieran su relación y sus reciprocidades literarias. Necesitaba andar. Quizá quería echarlo de menos en soledad; entrar en alguna cafetería camino de su hogar y el de sus libros para meditar sobre lo que le estaba sucediendo. Quería imaginar cómo hubiera sido la última conversación entre los dos de saber que, en pocas horas, uno sucumbiría a la vida.
Maldecía su suerte mientras cuestionaba por qué no tenía clientes, por qué los volúmenes viejos habían dejado de interesar, por qué le hizo caso al director de su banco cuando le sugirió que pidiera un crédito y ampliase la librería. El crédito llegó, el espacio aumentó, pero las ventas se contagiaron de la situación que vivía el país y menguaron. La literatura pasó a engrosar la lista de cosas prescindibles de las familias y acabó devorada por el olvido de la necesidad.

Acodado en la barra del bar, pidió una copa de anís dulce. Se acordó de su abuelo el día que le cedió el negocio. Le había escogido entre sus nietos porque amaba las letras como nadie, disfrutaba con la lectura y, además, le prometió que algún día su nombre estaría en alguna de esas estanterías. Aseguraba que sería el autor de la novela definitiva, como la canción que lo es, como la película que se enquista en nuestra memoria y se niega a abandonarla. Pero su pasión por la lectura y la dedicación a la librería se conjuraron para evitar que tomara las riendas de la escritura.
A veces intentaba convencer a su amigo afirmando que culpa la tenían las musas, que eran tan caprichosas como putas. Y su amigo le contradecía indicándole que nunca le había visto acariciar una máquina de escribir, ni siquiera tomar notas con las que ilustrar un cuento. El escritor se forja trabajando la literatura, bramaba cada vez que escuchaba la misma perorata.

A las siete de la tarde la librería estaba a oscuras. Se despojó del abrigo mientras daba las luces del fondo. Bandini, su gato, abandonó su descanso para recibirlo. El persa, como le gustaba llamarle, golpeó con su hocico la barbilla y llenó la estancia de ronroneos y ecos. Acarició su lomo y comprobó la holgura del collar anti parásitos al que tanto le había costado acostumbrarlo antes de posar sus labios en el pelaje felino. El gato saltó a sus pies y lo vio desaparecer entre los volúmenes pendientes de clasificar.
Se sentó en la vieja mecedora que aún guardaba la esencia de la postrera visita de su amigo, pocas horas antes de que su corazón infartado dijera hasta aquí hemos llegado.
Y con ese adiós partió también la esperanza de luchar juntos, de esperar a los agentes del juzgado ataviados con verbos arrojadizos, con el sagrado arte de la palabra como única herramienta para lograr un aplazamiento. Los dos pensaban que un negocio histórico, premiado por el ayuntamiento cuando las instituciones premiaban a los emprendedores, distinguían al comercio decano y no apremiaban a nuevos y viejos comerciantes a cubrir unas tasas, pagar impuestos y  cumplir con unos deberes cada vez más desorbitados, no podía desaparecer así, de la noche a la mañana.  
A su amigo fue al único que mostró las cartas enviadas por la entidad bancaria y los requerimientos del juzgado. Cuando se las enseñó ya hacía mucho tiempo que había dejado de pagar el préstamo con el que modernizó el negocio de la compra y venta de libros. Solía acabar sentado en la mesa de su despacho, tomando café y escuchando la radio mientras contemplaba ese ingente montón de dardos escritos que asediaban su existencia. Acababa apilándolas, sujetas con una goma y devolviéndolas a su escondite a la espera de un milagro.
Empezaron a urdir algunas tramas. Pensaron solicitar una licencia de venta en los puestos callejeros, junto a la catedral. Estudiaron pedir consejo al nieto de su compañero de aventuras literarias para anunciarse en una página de internet, algo tan de moda. Vislumbraron la posibilidad, incluso, de acudir al ayuntamiento y donar un fondo de libros si, a cambio, le tramitaba una moratoria con la entidad financiera.
No habían pasado muchas horas cuando acordaron perseverar unidos. El primer paso sería personarse en las dependencias municipales para acometer una nueva embestida. Acabaron brindando por esa estrenada vía. Y ese brindis fue el último. Y esa conversación, la última. 

A partir de ese instante tendría que sobrevivir solo. Enfrentarse a la justicia y sus injustos desequilibrios sin más ayuda que su instinto de supervivencia. Se dispuso a cenar algo ligero antes de sentarse a escuchar a esa locutora que atendía los problemas ajenos sin poder remediarlo, porque era su trabajo, y sin poner remedio porque, en definitiva, no era su causa. Muchas noches, desde que inició la travesía por esa pasarela que conectaba con el infierno, se acurrucaba en la cama y cerraba los ojos. Entonces el alivio llegaba con los desahuciados, con los que buceaban cada noche en contenedores buscando desesperadamente algo que llevarse a la boca, con las parejas que rompían y se mudaban a planetas diferentes. Llegaba un momento en el que escuchar a tantos desgraciados abonados al infortunio, le tranquilizaba porque pensaba que no era el único, que no estaba solo. Las voces iban apagándose y alcanzaba el sueño fantaseando con la idea de que, quizá, el mundo siempre nos reserva alguna salida de emergencia.  

Una tarde, entre anises y cafés, le confesó a su amigo que en una ocasión llamó al programa de radio. En cuanto distinguió el tono suave y generoso de la presentadora, el miedo y la vergüenza le secuestraron la voz. Colgó. Se quedó con el teléfono apoyado contra su regazo y se durmió, esperando una llamada de sus sueños a cobro revertido.

Escuchó maullar a Bandini en algún rincón, cerca de la puerta que conectaba la librería con su hogar. Fue hasta él y le sirvió una lata de atún en una bandeja de plata que rezaba “carpe diem”. Pensó que, al menos para él, tenía comida ahora y que, de no tenerla, seguro que se buscaría la vida dando caza a algún ratón. Roedores que moraban entre los libros y que, algunas noches, cuando cesaba la radio, escuchaba cómo roían los volúmenes más inalcanzables.

Antes de volver a su mecedora fue a cerrar el negocio. Se le había pasado por completo la hora. Aunque en esos momentos, si se encontrase a alguien merodeando entre las filas de obras, sería un milagro. Mientras daba la vuelta a la placa que indicaba que el establecimiento permanecía cerrado, sintió un golpe en el corazón. Debajo de la puerta, asomaba medio sobre. Lo cogió con manos temblorosas, asustado recorrió los bordes y comprobó que no se habían molestado en sellar el cierre. Era el último aviso del juzgado. En menos de quince horas se procedería al desahucio.

Nervioso, regresó a la cocina. Preparó café. Con los codos hincados en el poyo, esperaba que la cafetera escupiera el vapor blanco entre chirridos de “habemus café”. Siempre le hacía gracia esa apreciación. No modernizó su máquina de café para no perder ese encanto que provocaba su sonrisa primero y su placer acto seguido. Bandini dibujaba círculos bajo sus piernas. Mientras se llevaba la taza a los labios comenzó a pensar qué hacer al día siguiente. Abandonó la taza en el fregadero, no conseguía tragar más. La angustia le oprimía la garganta. Volvió a la librería, a buscar consuelo entre los volúmenes escogidos de novela histórica. No se percató de que lloraba hasta que las lágrimas empañaron las hazañas de César en las Galias. Llanto y silencio en su lugar de trabajo, en su lugar, en su único lugar en el mundo.
Hubiera vendido su alma al mismísimo diablo por tener junto a él a su compañero de tertulias literarias. Lo extrañaba hasta el dolor. Un dolor que se mezclaba con la sensación de aislamiento. Un abandono que lo desterraba poco a poco de las emociones, del placer de tener un libro entre las manos. No podía sostener abierto un ejemplar sin sentirse un traidor. Había sido incapaz de construir un arca en el que salvar un ejemplar de cada autor, un arca que le ayudara a sortear ese calvario. Y ahí empezó todo, para acabarse. Le era imposible detener el reguero de lágrimas.
Fue hasta la estantería que acogía sus novelas más preciadas, aquéllas que no estaban a la venta. Retiró, las que escondían las cartas que llegaron del banco una vez, del juzgado el resto de las veces. Sintonizó el programa de la mujer que escuchaba a la gente hablar por hablar.
Depositó las misivas encima del escritorio de su despacho. Estudió, una a una, todas las que desde hacía meses le exigían que se pusiera al día con los pagos. Las leía como si se tratara de la obra póstuma de un escritor de novela negra.

Buscó a su gato. Lo sentó en sus piernas y cerró los ojos. El ronroneo del felino y el cansancio acumulado le permitieron echar una cabezada.

Lo despertó su corazón desbocado. Intentaba recordar la pesadilla que había sufrido. Últimamente los sueños funestos eran sus compañeros de correrías nocturnas. Procuró acompasar su respiración. El sudor empapaba su frente cuando se incorporó sujetándose la cara con las manos. En la derecha sostenía el aviso de desahucio. Comprobó la hora en el reloj de pared. Faltaba poco para llegar el desenlace final. Se preguntó por qué no había gastado más cartuchos,  o por qué no pidió munición a sus vecinos, como había visto hacer en la tele, o había escuchado en aquel programa. Desconocía cómo había llegado a esa situación, cómo había podido la vida tenderle semejante trampa, cómo saldría adelante.

Adelante.

El futuro es de los vivos, se dijo mientras ordenaba por colores los lápices de su lapicero. El porvenir es para los que tienen una oportunidad o creen en él, le escuchó decir a aquel escritor valenciano durante una conferencia en la universidad de Granada. Pero esos tiempos eran el pasado, su presente olía a silencio y el futuro le había dado la espalda.

A las ocho de la mañana sintonizó una emisora de noticias. Así desayunaba; poniéndose al día de lo que pasaba en el mundo.
Preparó una taza de café. Lo tomó lento. Disfrutó cada sorbo como si fuera la primera cena del condenado a vivir de prestado.
El locutor anunció que una familia en Córdoba había sido arrancada de su casa. Que ni la situación de la misma, con un hijo enfermo, había conseguido detener la condena.   

Adelante, se dijo…

Levantó la cabeza y detuvo su mirada en la lámpara. Fue un flechazo a primera vista. Permaneció un mundo mirando hacia arriba, ensimismado. Se preguntó si la lámpara aguantaría el peso. Pero ya no era él, ya no era su casa, ya no eran sus libros, ya no su vida. Dejó a Bandini en el suelo con suavidad y alcanzó el cable que sujetaba la lámpara. Era una instalación vieja, pero robusta; resistiría. Notó cómo se sonrojaba, cómo se le erizaba el vello, cómo temblaba su pierna derecha, cómo la saliva abandonaba su boca, cómo le dolía el corazón en la sien.

Se quitó el cinturón. Pasó los dedos por los agujeros como si recitara un rosario pagano. Colocó la mecedora justo debajo de la lámpara para poder estudiarla mejor. Bandini se instaló en sus rodillas. Dejó caer la carta de su mano derecha. Qué curioso, pensó, no la he soltado en toda la noche. Besó a su gato mientras lo apretaba contra su pecho.

El cinturón junto a su cuello le daba una apariencia sadomasoquista. Metía los dedos entre su piel y el cuero, y tiraba, tensaba provocando la falta de aire. Se preguntaba si sería capaz de salir airoso de aquella situación, si contaría con los arrestos suficientes para hacer algo único con su vida.

A las diez, la comitiva judicial llamaba insistentemente a la puerta. Tocaban con los nudillos y fundían el timbre.
Afuera, las voces le invitaban a abrir o se verían obligados a usar la fuerza.

En la radio, el meteorólogo anunciaba vientos moderados, lluvias persistentes y una bajada considerable de las temperaturas para los próximos días.        

                                                                                                                

martes, 15 de enero de 2013

A PIE DE FOTO...



Me pediste que te regalase un sueño escrito. Querías un relato que contase nuestra verdad cargada de encuentros y coartadas. Ansiabas que hablase de la ciudad que nos acogía como a hijos pródigos cada vez que el alma demandaba otra alma gemela, cuando llegar a ella era hollar la cima impúdica del amor, cada vez que dejarla atrás constituía el kilómetro cero del condenado al destierro.

Necesitabas recrear, cuando leyeras nuestro cuento, ese caminar clandestino, el uno asido al otro, ese reflejarnos en los escaparates ocultándonos de los demás transeúntes. En un futuro sin nosotros querías volver a saborear ese tiempo sin relojes, cuando olvidábamos la hora de comer, si no era para comernos, la hora de beber, si no era para saciar nuestra sed en el acuífero mismo de nuestras bocas.

En esa ciudad éramos nosotros. Nuestro presente estaba ahí. Y yo no fui capaz de describirlo mientras duró. Al enfrentarme al folio en blanco, mi mente nívea empezaba a derretirse con el eco de tu voz. Sólo me alcanzaba la retórica para dedicarte frases o escribirlas en las servilletas de los bares que eran testigos de nuestros cafés y de nuestros juegos malabares bajo la mesa. Después se me olvidaba narrar, no encontraba un sujeto útil, tampoco acertaba en la conjugación de verbo alguno. Miraba hacia atrás y mis palabras, también mi voz, mi deseo, mis ganas, quedaban ahí, en el andén, contigo, y junto a tus manos que dibujaban adioses en el aire… El sujeto restaba mudo, el escritor, sin oficio. 

La última tarde conocimos a un pintor de ciudades. Mientras ultimabas alguna compra con la que sorprenderme, conversé con ese artista callejero. 

Le encargué un cuadro. –El más bonito del lugar, le sugerí. No existe el cuadro más bonito de ningún lugar, me advirtió. Pero dibujaré uno. Encontrarás en el lienzo las andanzas de los amantes por las aceras del olvido. Cuando lo contemples, darás con los bares, los recovecos, los nidos de caricias, las iglesias, las estaciones de metro nocturnas, el tren que parte, y que divide en dos… el mercado, los hoteles y sus noches cargadas de juegos, de sexo, de reciprocidades. Cada vez que lo observes sabrás que no fue un sueño, pero que nada extraordinario dura para siempre, excepto la nostalgia. 

Clavó su mirada líquida en mí. Y me aclaró: no tengas miedo, no soy adivino. Simplemente, hace muchos años, tuve una amante. El odio, el miedo, la pasión y el querer de los amantes furtivos se leen en los rostros. Sé lo que se goza, sé lo que se sufre, sé lo que se miente, sé lo que se vive, sé lo que se muere. Ahora dibujo escenas con la vana esperanza de que sea ella la que me encargue alguna. Porque mientras fuimos nosotros, fui incapaz de plasmar en una tela nuestra historia cuantas veces me lo imploró.

Me aclaré la voz. Y supe, en ese instante supe, que jamás encontraría las palabras justas para describir la coreografía de las manos que guiaban mi placer, primero, y dibujaban despedidas en el aire desde el andén de la estación, después.


Como cada mañana, entras en el bar de siempre, ocupas la mesa de siempre, te atiende el camarero de siempre y te ofrece, como siempre, un periódico del día. Le pides lo mismo, a ese joven enjuto, de rostro pálido, abatido por la noche y sus Afectos secundarios. 

Por la radio el cantautor recita que las bombas que anteayer arreciaban sobre Vietnam, ayer lo hacían sobre Bagdad y hoy interpretan su danza de la muerte sobre los escenarios de medio mundo mientras el otro medio cierra los ojos y juega al no veo, no veo.
 
En tu mano sostienes la prensa cargada con noticias asesinas, con el dantesco protagonismo de una crisis que ahoga a familias, con titulares de banqueros y políticos que juegan al Monopoly, pero a la inversa, robándoles el techo, jugándose a la ruleta rusa el futuro de, cada vez, más gentes, arrojándolas a un exilio forzoso, un lugar en ninguna parte donde personas y sueños sufrirán una estúpida orden de alejamiento. Extensas colas de cuerpos famélicos que demandan alimentos a la caridad humana. No le haces caso al deporte, que se mantiene al margen de tanta delincuencia política e hipocresía social, que vive de espaldas al mundo y sus realidades. Tampoco a la cartelera de cine porque, aseguras, no volverás a una sala hasta que el viento retorne lo que se llevó. No te interesa la parrilla televisiva porque tu única tele emite en negro y en silencio y proyecta su contenido sobre las novelas que te aguardan en casa.

El mundo está podrido, susurras cuando el camarero se te acerca y te dice, con un hilo de voz que ha sido un placer atenderte durante el último año. Que eres una persona buena, aunque huraña al fin sin cabo, pero que a él, desde que te sirvió el café primero, y la prensa después, aquella primera mañana, siempre le has parecido un personaje entrañable. Le observas con detenimiento y le preguntas por qué se despide: -Porque me despiden, aclara. El mundo gira, cada vez más despacio, cada vez más cansado. –Suerte, muchacho, mucha suerte, le dices mientras las lágrimas anegan tus ojos y tu mano temblorosa sostiene su despedida…



El otoño en tus manos... 

Las mejores novelas, el título de las canciones más sonadas… el recorrido de las películas por las aceras de la nostalgia, el sabor del clima cuando declinan los días con prisa, el color de la naturaleza que se renueva para no consumirse, para no aburrirnos, el sabor de las primeras lluvias sobre la piel, el gusto del café corto cuando la taza asciende al cielo de mis labios, el viaje a las librerías nuevas y de segunda mano, la peregrinación a tu sexo, el tapiz familiar que dibujan en el cielo las aves que huyen del frío. Entonces, toda la prestancia de la estación ocre, del mismo otoño que conoció aquel patriarca es, sencillamente, mi próxima estación. 

Abraza el otoño, te pedí...



Encuentra una flor que, sin deshojarla, te convenza de que estás en el corazón adecuado -me susurraste al oído. 

Crucé senderos, atravesé campos, me interné en bosques sin caperucitas de cuento ni cuentos de lobos, caminé todos los atajos, encontré las aceras que conducían al amanecer de la primavera en tu piel. Adoré el sol que doraba tus besos y calentaba caricias, jugué en tu liga, me anudé a tu liga y, poco a poco, dejé de pensar en flores que no necesitarían sufrir amputación alguna para corroborar o borrar un sentimiento.

Entonces, justo entonces, me mostraste la flor más bella que había visto jamás. Te pedí perdón por no haberla encontrado yo. Por haber olvidado la pasión de su búsqueda entre mis momentos. Me ofreciste la absolución: -Escribe, maldito, escribe y dibuja flores con las letras, derrama pasiones de sangre sobre aquellos tiestos y sobre nuestras raíces, mantén el pulso y la respiración y cuenta qué haces, dónde vas, qué buscas y qué no encuentras...



La noche preñó de oscuridad y silencio la ciudad. Esa ciudad que es un mundo cada vez que amas a uno de sus habitantes. Así lo dejó escrito Durrell en su Alejandría, bajo su cielo literario, bajo el firmamento libertino de Justine, su Justine, la Justine de nadie.
La ciudad oscura nos permitió contemplarla desde lo más alto de la colina. Dentro del coche, tus manos buscaban las mías y, juntas, tejían un tapiz de sombras lujuriosas. Mientras tus besos llegaban a buen puerto, te decía qué luz era aquélla, qué barrio era aquél, qué camino habíamos cogido o qué atajo habíamos tomado para aparcar nuestros cuerpos y quedar a merced del deseo y sus órdenes.
Las ropas quedaron esparcidas en el asiento de atrás. Arropando nuestra piel, con las caricias que habían recobrado la memoria febril. Las bocas chocaban como constelaciones y nuestras cabezas gravitaban recuperando los besos que el tiempo había olvidado en los cuellos.

Besos. Sexo. Estrellas. Noche. Artificio.

Cuánto tiempo ha pasado, me preguntaste. Nada, apenas una hora y media, te dije. Aún nos queda tiempo por delante… Tranquila, nuestro hijo nos mandará un mensaje cuando termine la película para que vayamos a recogerlo.
Ha pasado un infinito, me anunciaste. Ha pasado un mundo y medio, me aclaraste. Ha pasado la eternidad entera desde la última vez que nuestro aliento fabricó el vaho suficiente como para escribir la palabra deseo en el cristal de un coche. A ese tiempo me refería, apostilló.
Varios abrazos después, algunas caricias más tarde, el móvil emitió un sonido: la película había terminado… 



domingo, 28 de octubre de 2012

Y AHORA QUÉ






                   A Marta, en cumplimiento de promesas. 



Y en medio de ningún sitio de la llanura infinita
por donde no pasa el tren, allí cruzaron sus vidas.

Revólver
         
                                             ***
Alguien me dijo una vez que el tiempo lo cura todo, tanto las heridas físicas como las emocionales. Otros me advirtieron que el tiempo pone a cada uno en su sitio. Que, llegado el momento, la historia se encargaría de ubicarnos en el lugar que nos correspondiese o de ajustarnos las cuentas colocando una docena de puntos sobre las íes de nuestra conciencia.

Esta mañana, mientras paladeaba una antigua canción de “Revólver”, durante el instante que precede a la frase introductoria de este relato, el tiempo se ha detenido y ha reculado, devolviéndome al Madrid de hace muchos años, cuando la vida se vivía por entregas y el futuro era un despreocupado lugar de vacaciones. En ese momento tomaba mi preceptivo café. Mis momentos suelen estar cargados de cafeína y canciones, de letras, en cualquiera de sus manifestaciones, de sexo manifiesto y de recuerdos sin sexo. Éstos son los que me han asaltado hace un rato, mientras no hacía otra cosa que no hacer nada; sólo escuchaba y disfrutaba, degustaba y disfrutaba.

A veces me he preguntado por qué no le he confiado esta historia a nadie. Los amigos están para eso: para escucharte, para estrecharte entre sus brazos, para brindar por algún logro o lograr que atiendas lo que necesitan decirte. Pero todos esos amigos suelen enmudecer como tú antes ellos. Arrastrarán a la tumba algún misterio, y tú, pensabas, también harías lo mismo; cruzarías al otro lado del río asido a un secreto usándolo como remo.
También es cierto que en la literatura he encontrado a la mejor confidente. Y quizá la feminidad letrada a la que puedes confiar tus reservas cuasi ocultas sin miedo a comparaciones, sin temor a verte devorado por un ataque de celos, sin la sensación de pasar de amigo a enemigo en menos que canta un gallo delator.
No sabía hace años que acabaría confesándole a un folio en blanco mis idas y venidas por la vida. No tenía ni idea que soltaría lastre ante la perspectiva de una cita con el más allá y poder realizar la travesía ligero de equipaje, sin ocultaciones. Desconocía por aquel entonces que ahora, a mis cuarenta y pico, hallaría en la pantalla del portátil al confesor que necesitaba, al amigo único y cabal que escucha y recibe sin pedir nada a cambio. Así que de un tiempo a esta parte, me asilo en la letra. Las novelas proporcionan las tiritas que mi alma necesita y los somníferos que mi memoria requiere.

Y ella ha regresado del pasado:

Marta.

Conocí a Marta en una de las muchas habitaciones que internet comenzó a ofrecer hace algunos años. Yo buscaba saciar mi soledad y alternar los libros con el sexo. Quería conocer a una igual a mí, que amara tanto una caricia corpórea como el beso de las palabras. Congeniamos en seguida. Ella hablaba de música, pues era la vocalista de un grupo que ponía las notas musicales en las fiestas patronales por diferentes lugares de España. Yo le contestaba con música, pues siempre he disfrutado esos cantautores canallas que le cantan al amor y al desamor anclados en el andén de una estación abandonada, mientras un cigarro se consume en el mástil de una guitarra quejosa.
Ella buscaba un amante para hacer un trío con su novio. En cuanto dijo eso, que fue justo cuando pusimos las cartas sobre la mesa, me ofrecí voluntario, alzando, invisible, una mano veloz y altísima.
Como se trataba de una de mis iniciáticas experiencias, y una de mis primeras incursiones en ese campo, concretamente la primera, hablábamos cada noche para conocernos mejor. Cada día, casi a la misma hora, la pantalla se iluminaba anunciando su presencia. Las letras llenaban el monitor, primero, las imágenes, después. Y de ahí, para seguir con los preparativos, pasamos a conocernos por teléfono. La situación cada vez estaba más clara: ella amaba a su novio y su novio amaba el sexo compartido y recíproco. Ella lo hacía, primero, por él, y estaba convencida que conmigo a ambos lados, la cosa iría bien. Eres buen tío, me decía, y yo, claro, asentía que sí, que no era un cabrón abonador de malicias ni nada por el estilo. Los dos queremos lo mismo, la tranquilizaba alguna vez: Los tres queremos lo mismo, matizaba ella.

En cada conversación la temperatura rompía su récord ascendente del último día. Las expresiones sabían a besos y los silencios eran el preámbulo de alguna idea, de algún hechizo que saltaba de la chistera junto a los conejos orejudos y blancos. Dilatamos mucho nuestra cita. Al final nos conocíamos como si toda la vida hubiéramos formado parte del mismo círculo de amistades que nacen en los patios de los colegios.
Poco antes de mi viaje concupiscente, la telefoneaba para contarle que me habían echado del trabajo, para decirle que quería matricularme en alguna carrera o cursar algo a distancia a través de la UNED, o preparar oposiciones a algún cuerpo del estado. Instantes después sonaba el teléfono y su voz me anunciaba que en las fiestas de Navalcarnero el ayuntamiento había vuelto a contratar a su banda, que había ido a visitar el restaurante donde celebraría su boda y que a su novio le estaba costando un mundo decidirse por el traje. Finalmente colgábamos los teléfonos sin haber planeado otra entrada, trazado un nuevo plan, sumado alguna coordenada para mi estancia en la capital.

Poco antes de nuestro encuentro, me presentó a su pareja por teléfono. Él me dijo que tenía muchas ganas de pasar ese fin de semana, los tres juntos.

                                                   *

Viajé en un tren nocturno que cubría la ruta entre Barcelona y la capital. No pegué ojo en toda la noche, menos aun pude centrarme en la lectura del libro que acompañaba mi desvelo. Acabé en la cafetería contemplando la oscuridad a través de las ventanas, mientras en mi cabeza retumbaba la voz de mi amiga.

Amanecí un viernes en Madrid.
La ciudad me recibió con un frío lacerante. Me abrigué cuanto pude cuando mis pies alcanzaron la pasarela que conectaba con el exterior. Alcé el cuello de la chaqueta que acababa de cerrar en torno a mi cuerpo. Mis dedos, ateridos y torpes, tardaron en descifrar el mecanismo de los botones. Recuerdo ese breve trayecto como una maratón sin fin.
Al final de la misma me esperaban Marta y su novio. Hicimos las representaciones de rigor. Él vestía con el uniforme del trabajo, pues entraba en turno de mañana en la empresa de telecomunicaciones en la que trabajaba. Ella vestía de deseo. Un vestuario desde sus ojos y su sonrisa hasta la minifalda que ni las bajas temperaturas me impidieron contemplar. Medias negras oscurecían su piel acrecentando mi apetito mientras que sus labios sanguinos no dejaban de dibujar lo tanto que se alegraban de tenerme en su ciudad.
Fuimos hasta su apartamento situado en una antigua corrala. Desayunamos y conversamos. Y como habíamos acordado que esperaríamos a la tarde para jugar los tres la misma partida en el mismo tablero, Él se fue tranquilo.
En cuanto ancló la puerta, Marta me abrazó. Fue un abrazo extrañamente familiar. Pude olerla. Rodearla con mis brazos, rozar su mejilla con la mía, estampar dos besos con acuse de recibo bordeando sus labios. Pero el trato era el trato y ella, como yo, lo habíamos rubricado con la estúpida intención de cumplirlo.

Lo que sucedió después fue que no sucedió nada de lo que habíamos previsto. El sexo quedó varado en alguna esquina lúgubre de nuestra moralidad o amparado por un recato que nadie había invitado a la fiesta, atrapado en la red de los celos, desenfocado por un punto de mirada que no acababa de ver lo que había imaginado, o pródigo, cual hijo sin camino de regreso.

Lo que quedó tras esas primeras horas fue un trayecto en autobús, de ida y de vuelta con Marta a mi lado. Yo, oliendo su perfume de perfecta mujer fatal, pero sin fatalismo de ningún tipo, todo lo contrario. La acompañé hasta su trabajo en una tienda de moda y dediqué el resto de la mañana, hasta la hora de rencontrarnos en la misma marquesina, a descubrir el Madrid de los Austrias.

Comimos juntos dos veces, los tres, y lo hicimos juntos una vez, ella y yo, pero sin probarnos bocado. Durante esa comida, en la que Él se ausentó para cerrar el trato con el ayuntamiento y el grupo de música, alabé sus dotes culinarias, su buen hacer con la ensaladilla rusa y unas setas salteadas. Unas setas deliciosas, pero que, de haber sido venenosas, igualmente las hubiera elevado al súmmum de los altares gastronómicos mientras dedicaba mi último aliento a buscar los remos entre su escote celestial.
Después, mientras tomábamos café, me mostró una cicatriz que alguna intervención quirúrgica había tatuado en su ingle. Despierto fue lo más cerca que estuve de su entrepierna.
Por la tarde, cuando Él regresó, salimos a descubrir esos bares de Madrid, templos del vino en esa parte vieja, juez y parte de los madrileños y sus andanzas.
Hice un amago de adelantar mi viaje a Girona, al día siguiente, al comprobar que el motivo que me había llevado hasta allí se había diluido como el hielo en la bebida, pero desistí ante su insistencia. Me aseguraron que les encantaría que permaneciera con ellos, que, de alguna manera, amortizara el viaje. Así que acabamos en una tienda de artículos eróticos cerca de la plaza de Santa Ana, escogiendo un juguete erótico para Marta que nunca supe si le fue como anillo al dedo. Después tomamos algo en una cafetería de poetas, santuario etílico de las musas de Sabina, y al pasar por una de grandes ventanales, les indiqué que era ahí donde el poeta José Hierro observaba pasar la vida mientras concebía su literatura más poética y callejera.

Ellos necesitaban que el tiempo pasara, supongo. Yo ansiaba que volara. Anduvimos paseando y entrando en algunas tiendas. Marta compró lencería que nunca supe como vistió sobre su piel.
Visitamos, imagino que lo hicieron por mí, por mi pasión por la lectura, una librería decana. Les regalé una novela de Juan Manuel de Prada, un escritor que hoy en día no merece la pena, ni mucho menos la alegría, tener en cuenta, pero que me atreví a regalárselo porque hablaba de “Coños”, así tal cual, ése es su título.

Cenamos y reímos, no sé bien de qué, en un restaurante italiano situado en un centro comercial de moda.
A la hora golfa, hartos de risas y de brindis, volvimos a su apartamento. Tengo la certeza de que ellos golfearon de lo lindo, mientras que yo, huésped en su dormitorio e intruso en su noviazgo, tarde varios rebaños de ovejas vírgenes en dormirme. Me desvelé a media noche y buceé en el cajón de la ropa interior de ella. Tras descartar una escalera de color de lencería, escondí un tanga de color lila en mi maleta aspirante a baúl de recuerdos eróticos.

Al día siguiente, almorzando, Él intentó excusar su falta deseo diciendo que lo sentía, que no estaba preparado, que quizá algún día. Asentí con la cabeza a cuanto dijo y poco añadí, o nada, mejor dicho.
Al rato quisieron mostrarme la ciudad desde su coche. Madrid corría a mi lado mientras en el equipo de audio sonaba la música y en mi cabeza trinaban los pájaros. Fuimos hasta el restaurante donde celebrarían meses más tarde su casamiento, pues tenían que terminar de concretar algo con el dueño del local. Después Él tuvo que trabajar y nos quedamos solos los dos, otra vez. Recuerdo que le pregunté a Marta si nos estaba poniendo a prueba. Pasamos la tarde conversando, contándonos lo bien y lo mal que había salido todo. Que eso nos pasaba por planear hasta los mínimos detalles, que las cosas hay que dejarlas llegar, que fluyan. Concluimos que improvisar es fundamental en el erotismo. Claro que, visto ahora, todo parece mucho más fácil aunque yo me pregunte, ¿qué hice sino improvisar esos días en Madrid?

Durante todas esas horas en las que mi mente ardía y mi sexo se preguntaba qué coño nos había sucedido, también tuve tiempo de escuchar música con Marta. La banda sonora escogida, amén de algunas de Gary Moore, fue una canción del grupo “Revólver” que aún hoy me pone los pelos de punta “Lisa y Fran”. No sé si la piel se me eriza por el recuerdo que reporta o por la historia qué me cuenta.  
Le escribí una carta, más bien una nota escueta entre canciones y sorbos.  Una misiva que no debía leer hasta mi partida, al día siguiente. Creo que se lo pedí así, al más puro estilo romántico, como si el romanticismo hubiese sido el culpable de llenar de tetas tornadizas el balcón de Bécquer… Pero se moría de ganas de leerme, y yo moría de ganas de salir de allí. Me levanté y serví otro café mientras ella devoraba, una a una, cada línea escrita. Al terminar la lectura y respirar hondo, como quien quiere apresar un soplo de aire que rescate sus pulmones, me abrazó llorando. Me sentía tan triste como confuso, tan excitado como desesperado por escapar de ella, de aquello. Desde ese momento busqué una salida de emergencia para mi deseo encabritado. Y esa misma noche, de nuevo en su cama, extraje el tanga color lila que tenía guardado. Mis ovejas pacían tranquilas, insomnes. Sólo acerté a alcanzar el sueño al lograr conciliar mi deseo usando mi amor propio y diestro. Me dormí con el tanga en una mano y un puñado de sueños rotos, en la otra.

A las cinco de la madrugada me acompañaban a la estación de Atocha. Madrid amanecía despacio. Desde el asiento de atrás, con la alegre Lisa y la poca fe de Fran sonando en la radio, escrutaba el paisaje y cerraba los ojos imaginando qué le diría a Marta, cuáles serían mis últimas palabras para ella. Pensé decirle que sí, que algún día le dedicaría algún poema que nunca he escrito, o algún relato rescatado de la ciénaga del olvido. Mentirle y decirle que había sido un fin de semana increíble, que una nueva gama de felicidad se había instalado en mí, que había salido todo mejor de lo previsto, pese a los imprevisto, pese a las improvisaciones que alteraron el guion. Miré la velocidad a la que conducía Él calculando el tiempo que faltaba para llegar. Disponía de un tiempo muerto de veinte minutos para desanudar el nudo en mi garganta si quería enfrentarme de manera digna a una despedida.  
Apoyado en la ventanilla miraba en su nuca como la luz mortecina de las farolas lamía su piel. A esa hora, más que al amanecer, me dirigía al ocaso. Por mi cabeza se sucedían todas las imágenes de lo que habíamos planeado y de lo que nada había sucedido.
De vez en cuando ella giraba la cabeza y me miraba modulando con los labios un beso de despedida, quizá, un último beso antes de entregarme a mi cotidianidad.  Esbocé una sonrisa y me apoyé en el cristal, junto al ocre amanecer que se derramaba sobre la ciudad.

Me devolvió a la realidad la voz de Él. Me dijo que se quedaba en doble fila, pues los taxistas tenían copadas las plazas de aparcamiento, que me acompañaba Marta. Le dije, estrechándole la mano y agradeciéndole lo que habían hecho por mí, que no era necesario.
Marta insistió en acompañarme hasta el andén.
Cuando entraba en el vestíbulo, por megafonía anunciaban mi tren. Lo vi al fondo, de color blanco sobre las vías.
Me giré hacia Marta. Le di las gracias con voz queda. Me abrazó y creo que me susurró que lo sentía…

Los dos besos de rigor marcaron nuestra despedida. Bordeé mis labios con los suyos, asomándome al abismo. Subí al vagón, desde arriba volví a buscarla y me encontré con su mirada líquida. Nos miramos un infinito hasta que advirtieron de la inminente partida. Poco antes del cierre automático de la puerta, me preguntó:

-          ¿Y ahora qué?

Y Marta nunca escuchó la respuesta que no le di. El nudo había ahogado las palabras.




miércoles, 10 de octubre de 2012

ALONSO



Amo tanto a las personas como a los animales. John Fante

Hoy es un día triste. Alonso, mi gato amigo, compañero de piso, nunca mascota, protagonista incansable de mis relatos, de todos mis momentos junto a una novela y un café, motivo de alegría y camarada de soledades huérfanas, ha muerto. Llevaba días apagándose, días de clínica en clínica, de prueba en prueba. Ayer, durante mi estancia en Barcelona, me comunicaron que Alonso volvía a la vida, que tras haber agotado hace meses el cupo de siete, le habían prorrogado el número de comodines. Pero esta mañana ha dicho “hasta aquí he llegado…” Y se ha ido sin hacer ruido, igual que vivió, silente, cauteloso, hogareñamente felino.

Ya se me hace raro volver a escribir sin que él ande por aquí con esos ronroneos que despertaban ternura e invocaban mis caricias. Escucho como mis dedos rozan las teclas, como mi mente bucea en los recuerdos, como el dolor empaña mi punto de mirada, como noto su presencia aún, sin tenerlo ya. Miro la luz más mortecina que nunca que desprende el flexo, pienso qué puedo escribir, qué le gustaría, qué palabras serán  las más indicadas para ayudarle, para acompañarle por esa travesía hacia nuevos tejados bañados de sol, hacia nuevas cornisas de ventanas que darán a mis sueños. 

Alonso...

Se me hará extraño volver a escuchar mis músicas sin tenerte cerca, dormitando en la otra punta del sofá, sostenido por sueños felinos en los que persigues juegos. 

Se me hará extraño llevarme la taza roja de café a los labios sin notar tu mirada clavada en la mía, abonado al “yo también quiero algo que llevarme a la boca”

Se me hará extraño abrir un libro, pasar las páginas sin notar tu cuerpo níveo y pesado encima, muy encima, ocultando esa nariz siempre fría bajo mi cuello.

Se me hará extraño salir a la terraza a ver pasar los trenes y mirarle el culo a las estrellas sin que andes tras de mí, enroscado entre mis piernas, temeroso de las alturas.

Se me hará extraño adentrarme en la noche y no ser testigo de tus correrías nocturnas por las habitaciones.

Se me hará extraño no llamarte, no encontrarte, no tenerte…

Se me hará extraño empezar un relato y tener que resucitarte al tercer verbo, para que sigas siendo protagonista de mis días escritos.

Así que no es de extrañar que te deje descansar aquí, junto a nuestros relatos, los que tanto me ayudaste a construir.

Aquí, entre mis letras, de las que formas parte, es donde debes estar, Alonso. Descansa.

La vida está llena de ausencias…

sábado, 7 de julio de 2012

EL BUZÓN


                                          

Dedico este relato a Jordi Lloveras, una de las personas que menos me lee, pero que más me escucha. Por ser el primero en conocer la historia, este cuento es suyo.

                                               *

El abuelo se sienta a la mesa, cerca de la chimenea, donde el invierno crepita. Observa el fuego y sigue el curso de las llamas. A través de la ventana contempla cómo la nieve blanquea el patio donde un árbol daba penumbra y frutos en verano. Aquella oruga se cebó con él y su buena sombra no volvió a mitigar la canícula. El viejo Juan ya no recogerá los albaricoques, ni se le verá fumando un cigarro apoyado en el tronco mientras amenaza al cielo con sentarlo en el banquillo de los acusados si no arrecian las lluvias, si no amainan los vientos, si el sol no se bate en retirada. 
La abuela le sirve un café con leche. Son las ocho de la mañana. A esa hora, cada día, cuando las brasas devoran la leña, tras comprobar el estado de los cultivos del huerto, tras estudiar el color del amanecer y despachar a los gatos con suaves puntapiés, se dispone a desayunar escuchando las noticias de Radio Nacional.

El nieto se sienta a la mesa, buscando la compañía y el calor de las palabras de su abuelo. Le sorprende no descubrirlo descifrando esos crucigramas a los que se aficionó cuando dejó de prestar sus servicios como alguacil en el ayuntamiento local. Cuando se jubiló, convirtió las faenas en el campo y la búsqueda de significados en sus mayores aficiones.
Esta vez dibuja círculos con la cucharilla haciendo que el líquido bordee la taza y amenace con desbordarse. Tarda en mojar el primer trozo de pan. Tarda, incluso, un mundo en saludar a quien mira la escena. No aparta la mirada de la ventana, no deja de viajar al silencio, y parece que la lumbre, esta vez, queme las palabras y aniquile la oratoria de la que otros días se abastecen sus labios. Siempre dicharachero, siempre vivo, siempre presto a la broma y a comentar con amargo humor las noticias asesinas del último telediario, o a reírse con los desaciertos del hombre del tiempo. Pero hoy no; el mutismo se ha hecho fuerte en su boca. Tal vez ha sido víctima de ese gato que se come la lengua de los niños cuando éstos se niegan a hablar. El nieto dilucida sin preguntarle qué sucede cuando, por lo general, él siempre interroga y el nieto, evasivo, al amparo de la prisa, se limita a responder con los monosílabos más indicados para cada caso. Sí, el trabajo bien. No, parece que no va a llover hoy. Quizá venga después, quizá sí, quizá no… 
Pero hoy desea hablarle, hacerle partícipe de su ascenso en la empresa, que tiene novedades que contarle, que podrán resguardarse del frío con unos vinos y celebrarlo después.  Aunque por lo que parece, hoy no hay un lugar para la buena nueva. 
Mientras bebe la taza de café le intriga el silencio que se ha asentado en la sala como un poso de negrura. A punto de preguntarle si le ocurre algo, él deja de dibujar círculos con la cuchara y sin apartar la mirada de la ventana, comienza a hablar:

-          Han quitado el buzón de Correos de la plaza.
-          ¿Qué?
-          Sí, el buzón de toda la vida. Ayer, cuando me dirigía a misa con tu abuela, lo encontramos a faltar.
-          Pero si eso no puede ser, es un servicio universal, incluso lo creía inmortal –exclama mientras acomoda la taza en sus labios.
-          Ni universal, ni inmortal. Nada es para toda la vida. Mira el albaricoque, mira ahora la plazoleta huérfana; todo tiene un final.
-          Abuelo…
-          En la ventana del ayuntamiento han dejado una nota informando que, por remodelación del servicio, se suprime la recogida en nuestro pueblo.    

Con afán de tranquilizarlo, intenta hacerle ver que es normal. Le pregunta, incluso, cuánto tiempo hace que no deposita una carta. Que todo deja de prestar un servicio. Mueve la cabeza con pesadez negando. Lacónicamente  contesta que sí, que puede ser cierto lo de los ciclos. Pero que ha sido como un miembro más de la familia durante mucho tiempo. Que ha acortado las distancias con la familia de Cataluña cada Navidad, cada cumpleaños. Que la abuela, algunas veces, muchas algunas veces, escribía besos en un papel para sus nietos cuando las manos no conocían el castigo de la vejez.

Tú no lo sabes –le dice- pero ese buzón llevaba ahí desde que fui a la guerra. Ha cambiado tres veces de color, pero su figura ha soportado estoica todas las inclemencias de la naturaleza, todas las gamberradas de los niños. Ha unido y ayudado aliviando las separaciones.
Tu abuela, cuando éramos novios, depositaba ahí las cartas que me enviaba. A veces esperaba al cartero y se las entregaba en mano. Yo le decía que no pasaba nada, que el buzón era de confianza, que no esperara de pie a que llegara un empleado del servicio de correos. Pero ella, tozuda, hacía caso omiso de mis consejos. Con lluvia, con frío, con un sol de justicia, se apostaba junto al artilugio y esperaba hasta ver aparecer la bicicleta con las alforjas contenedoras de misivas. Después, durante mis permisos, nos reíamos con sus ocurrencias los primeros momentos y llorábamos mi partida los instantes últimos, mientras me hacía prometerle que no cesaría la correspondencia. Mientras haya carta, estaremos vivos, aseguraba.

No lo recuerdas, pero ese buzón permitió a tu tío participar en aquel concurso donde el tiempo era oro y la respuesta fugaz, un premio. Durante dos años y medio, cada semana le confió  sus esperanzas. ¿Recuerdas todas esas cartas que escribías a los reyes magos? Todas acababan ahí. En alguna ocasión, el servicio de correos envió un paje a retirar esos sobres con las peticiones de todos los niños del pueblo. No te imaginas cómo se me aceleraba el corazón cuando veía tus ojos humedecerse, cuando te abrazabas a mis piernas y preguntabas si los reyes entenderían tu letra. Contestaba yo, y aseveraba el emisario real, que sí, que sus majestades de Oriente entendían todas las letras porque hablaban el idioma de los niños.

Han mutilado la plaza. No creo que me sintiera tan apesadumbrado si hubieran suprimido otros servicios, o quitado alguna fuente que está de más cuando ya no baja el agua de la sierra como lo hacía antaño. Pero por ese buzón de correos pasó toda la letra, cada una de las intenciones escritas, cada alegría y cada llanto, cada llamada a la esperanza, cada canto en las posdatas que escribíamos al futuro.
Me siento viejo, sí. Quizá tan viejo como esa boca que ha dejado de alimentarse con los sobres que depositábamos. Últimamente pasaba más hambre, lo sé, lo sé, no digas nada, pero hombre de Dios, quiero seguir topándome con su figura cuando vaya a misa a sanar mi alma, o de camino al dispensario a curar las llagas con las que el tiempo labriego ha minado mi cuerpo. Ahora, cuando observe el círculo que antes ocupaba esa figura amarilla, notaré cómo mis manos tantean sus labios de metal, como el manco que sigue notando la presencia del miembro amputado. Resultará doloroso. Y, créeme, mis dedos notarán su existencia, mi mirada descifrará el horario grabado en la placa de metal y sabré cuándo será la próxima recogida. Ojalá que el destino se guarde un as en la manga y vuelva a necesitar un santuario en el que depositarlo. 

Abuelo abatido y nieto contagiado vuelven al silencio y a las noticias que escupen las ondas. Cuando están a punto de levantarse y retomar sus actividades, Juan le dice que durante la madrugada se despertó con el corazón encogido, que soñó con el buzón, abandonado en algún vertedero, devorado por la naturaleza. En la oscuridad de la noche se preguntó si habría algún sitio destinado a los objetos que dejan de ser útiles y a los árboles que dejan de latir la tierra.

                                            ***

A las once de la mañana, un joven saluda al vigilante de seguridad que atiende a los clientes en la oficina principal de correos de Granada. Tras hablar con varios empleados, tras realizar varias gestiones, tras subir un par de pisos y tras llamar a varias puertas, consigue dar con el encargado de presupuestos, almacenes y material de la empresa. La secretaria le indica que puede pasar. 
El jefe está parapetado tras una mesa repleta de documentos, infinidad de papeles que dibujan un tapiz indescifrable, el teléfono apoyado entre la cabeza y el hombro derecho, vociferando que ciertos recortes son necesarios para sanear no sé qué cuentas.
Le indica con la mano que tiene libre que tome asiento. Golpea la carpeta con un lápiz amarillo y negro coronado por una goma de color rosa. Realiza aspavientos, separa el aparato de su oído y le informa que enseguida estará con él. Y enseguida es una porción de tiempo perenne…
Al cabo de un rato ya están hablando de lo que quiere uno, y de lo que puede ofrecer el otro. El nieto pregunta por qué ha dejado de ser útil el buzón de su pueblo. Que su abuelo lo echa de menos, que era como un miembro  más de la familia, un artilugio con alma escrita, como diría pocas horas antes, mientras tomaban juntos el desayuno. Le dice que el abuelo ha perdido en poco tiempo la frondosidad del árbol que regía el patio y el buzón que recogía las palabras de los vecinos.
Sí, dice el jefe del servicio postal. Pero últimamente teníamos que desplazar a nuestro personal para que se tirara semanas sin traer nada del pueblo de ustedes. Así que hemos concentrado en el pueblo vecino la recogida eliminando ese servicio.
Durante un rato hablan de los pros y contras de las nuevas tecnologías. Tecnologías incapaces de corregir las faltas de ortografía con las que está escrito el destino. Uno apuesta por la universalidad y modernización del correo, el otro defiende el romanticismo epistolar.
Tras una extensa charla, el jefe de Correos adivina lo que va a suceder, conocedor de la situación, y anticipándose le extiende la mano.

-          Tome este documento.
-          ¿Sí? –pregunta con un hilo de voz.
-          Diles que necesitas retirar el buzón de recogida registrado con este número de serie. Inventa para qué lo necesitas si te preguntan.
-          No sé… no sé cómo agradecérselo –alcanza a pronunciar.
-          No hay nada que agradecer. La gente como tu abuelo es tan universal como el servicio que defendemos. Si le das una mano de pintura quedará como nuevo y lucirá donde lo quieras colocar –añade.-

El nieto sale del despacho asido al salvoconducto.

Son las cinco de la tarde cuando escucha a la abuela preguntarle adónde se dirige con semejante armatoste. Al patio, dice que va. Busca el círculo que dejó el árbol talado. Lo examina, lo mide, lo estudia a conciencia y acaba encajando el buzón en el sitio que en su día ocupó el frutal. Contempla satisfecho el resultado. Sabe que le tocará pintarlo pero que, por lo menos, no tendrá que podarlo, ni regarlo, ni cuidarlo, ni recoger sus frutos melosos llenos de bichos alados que zumban su oído mientras el abuelo, desde abajo, le dice por qué rama encaramarse para conseguir los mejores albaricoques.
Se retira un poco situándose junto a la abuela que no da crédito a lo que está sucediendo. Pero sí, ella también sabe que Juan volverá a sonreír.

Va a buscarlo al huerto, donde lo encuentra limpiando surcos y protegiendo la tierra. Llama su atención. Y el viejo responde dejando los aparejos apoyados contra la pared. Recibe indicaciones. Debe volver adentro. Es el nieto el primero que llega y al notar la presencia del anciano detrás, se aparta. Juan se acerca al tronco de metal amarillo. Acaricia la boca, pasa la palma de la mano por la etiqueta que indica los días y la hora de recogida, con las uñas escarba algunos desconchones tirando al suelo la pintura. Lo repasa de arriba abajo.  

Los gatos vuelven a enroscarse en las piernas del viejo. Él los aparta, otra vez risueño, los empuja lanzándolos contra la abuela que le regaña el juego. Detiene su mirada en el nieto que es testigo de su recién recuperada alegría. Para él ha guardado su última caricia. Pasa la mano por la mejilla, primero, y le besa después.

El nieto consigue recomponerse para exclamar:

-          Éste es el cielo de los objetos que dejan de ser útiles, el paraíso de los árboles vencidos.  

Tras unos instantes, Juan se aclara la voz:

-          Anda, vamos adentro. Quiero contarte alguna cosa sobre ese viejo buzón mientras tomamos unos vinos para celebrar ese ascenso en tu trabajo.  

Aviva el fuego mientras, afuera, una lluvia tímida lame el oxidado metal que otrora fue amarillo como el oro de las letras.